El frío se siente, y lo oscuro envuelve.
El manto gris no tiene estrellas.
Las falanges tersas acarician leves,
y caminamos lento a lo eterno de su espacio, donde quizá hay descanso…
La muerte es parte de esta vida, parte que vemos con distintos lentes y perspectivas que van desde lo cómico, hasta lo religioso; desde lo político, hasta lo aberrante. Es la muerte a final de cuentas, el gran desenlace que tarde o temprano acontece y que marcará el cambio eterno, la transformación energética de la que todos nosotros somos parte.
Por mucho tiempo la muerte y su oscuro romanticismo (otro lente por el cual mirarla), llamó mi atención al despertar sus nuevas formas, llegando al punto adolescente de sentirla hermosa y ajena a cualquier símbolo nefasto que comúnmente se enlaza con su significado. La muerte era bella e inspiradora de líneas como las arriba escritas.
Pero lejos ya del reflector teatral con el que la muerte puede ser iluminada, donde su significado es sinónimo de gran dolor y perdida, la muerte viene a recordar con dureza cuán efímera es la vida misma y como ésta, por larga que haya sido, termina como todas las demás vidas de todos los demás cuerpos de esta tierra: inertes y ajenos a lo mundano.
Y ahí va el cuerpo al descanso eterno (término poético también, pues nunca descansamos, sólo nos transformamos como energía que somos). Me viene a la mente la escena de alguna película de tonos grises y otoñales; la sobriedad del cortejo fúnebre con su negro riguroso y un ataúd mate bajando de la carroza con manos enguantadas sujetándolo.
Hay llanto, sollozos, gemidos ahogados en pañuelos impecables y blancos. Velos negros sutilmente bordados que ocultan los rostros del dolor y la tragedia, forman parte de la fotografía hermosa de un final inexorable. La lápida ya descansa donde será empotrada por siempre, mientras el ataúd es bajado a la tierra con ayuda de los dolientes.
La tierra cae en sordo sonido al golpear el mate que ahora luce más oscuro ya a varios metros del subsuelo. La lluvia cae leve como despedida, mientras una voz decrépita recita un salmo para muchos inteligible. Las palas siguen con su labor sepultadora, hasta que no hay más tierra por ser removida.
El marco es perfecto, el cielo se cierra sobre las cabezas negras, y las manos enguantadas ahora se deshacen de las últimas flores que contrastan con las sombras que se alejan entre más llantos y murmullos. La tierra mojada ahora se hace lodo diluido que salpica de gotas incesantes una lápida con sus letras de epitafio: “No se culpe a nadie de mi muerte”.