martes, 10 de noviembre de 2009

El valor de morir dignamente: caso Ramón Sampedro.

La acción ambigua de terminar con nuestra propia vida, en caso de que ésta pierda su calidad y dignidad, como lo sucedido al español Ramón Sampedro; hombre que a los 25 años cayó de un acantilado, quedando cuadraplégico por la gravedad de sus heridas, es y será decisión propia y no habrá poder humano que pueda interferir en ese proceso de tintes sombríos, pero netamente individuales.

Alguna vez usted, como la mayoría de las personas, ha sufrido un accidente, una caída de la bicicleta a los golpeados 15 años, edad típica en que se es temerario y salta cual grillo por rampas y escalones. Recuerde usted el golpazo que se dio y como tras la admiración de sus amigos, salió volando de la rampa improvisada, pero el aterrizaje no fue del todo bueno. Resultado: una pierna rota.

Ahora, imagine que después del martirio hospitalario, donde lo llevaron de aquí para allá, le sacaron placas de rayos X y lo vieron tres diferentes doctores, termina con tremendo yeso que le llega hasta medio muslo y los galenos lo despachan a su casa con su bonito par de muletas que le ayudaran a transportarse por los siguientes tres meses.

Después de todo, la cosa no es tan mala, al menos le queda la otra pierna, y sabe con toda certeza que en menos de 100 días todo volverá a la normalidad. Le quitaran el yeso, y después de un par de semanas, podrá regresar a la bicicleta y sus brincos –si es que esto no le causó trauma alguno- y dejará de ser el consentido de todos sus conocidos.

Pero descansará, eso sí, de bañarse con una bolsa de basura en la pierna enyesada, de sentarse al excusado de manera contorsionista, de saberse con unas ganas infinitas de volver a salir en bicicleta con sus amigos, y hasta descansará de la noviecita y sus mimos intensivos.

Ramón Sampedro perdió toda movilidad, de los pies hasta el cuello su cuerpo estaba “muerto”. La novia, quién también era sus prometida, lo abandonó a su suerte. La vida le había jugado una mala pasada y lo peor de todo es que ya no había marcha atrás. Sampedro se quedaría paralizado por el resto de sus días. Tan sólo su cabeza seguía conectada al cerebro.

Yo recuerdo que a los ocho años, me fracturé el brazo izquierdo. Cúbito y radio se habían roto tras una caída en patines en la pista del parque Naucalli. Recuerdo perfecto como la enfermera de dicho parque sateluco, dio su diagnóstico con sólo verme y sentenció muy segura que sólo era el golpe. El dolor inmenso me llevó con mi pediatra, que se sorprendió al ver mi brazo amoratado, hinchado y mi mano de hombre elefante.

Tras un par de radiografías y sin anestesia, el Doctor Martínez me acomodó los huesos del brazo con un firme movimiento que me dolió como nada me ha dolido hasta hoy. Me enyesó la extremidad y me mando a mi casa. A la semana yo quería quitarme el cemento blanco, pues sólo me daba una comezón estúpida y  era un problema bañarme, pero a fin de cuentas lo hacía yo sólo. Mi madre se aseguraba de que la bolsa estuviera firme para que no se metiera el agua y listo, con una sola mano me lavaba el cabello y el resto del cuerpo.

Mis juegos no cesaban y mi vida continuó de manera rara por lo siguientes cuatro meses. Hoy en día mi brazo izquierdo no tiene la menor falla y puedo tocar guitarra, así como cargar a mi hija sin el menor problema. Pero en ese tiempo la incomodidad, la comezón y toda esa sensación de no saberme al 100%, me llenaba de frustración, más aún cuando veía a mis amigos jugar sin el menor problema y yo reservado a patear pelotas, para no lastimarme ni lastimar a alguien con la piedra que tenía por brazo.

Ramón Sampedro no podía lastimar a nadie. Ramón Sampedro no tenía yesos en su cuerpo, no había aparatos que lo mantuvieran vivo, es más, Ramón Sampedro estaba tan libre de cualquier aparato médico, que bien  pasaba por algún tipo descansando en la comodidad de su cama. Pero no, no descansaba, estaba condenado a vivir sobre ella.

Y ahí lo bañaban, lo limpiaban, lo vestían; le cambiaban la pijama, le limpiaban el culo, los pañales. Lo vestían, lo desvestían, le miraban sin querer sus partes íntimas, lo lavaban de a pedazos y tenían que asegurarse de lavarle bien todo el cuerpo, pues toda esa inactividad lo podía llenar de yagas, que después se infectarían y, aunque no sintiera, le complicaría más su tormento.

Así vivió Ramón Sampedro por más de 28 años. Aparentemente alegre, jovial, pero consiente de la situación de vida “poco digna”, como el calificaba su condición. Y no es para menos. Si nosotros con sólo una extremidad inmóvil sentimos que somos poco útiles, que nos enfada no poder movernos normalmente (al menos nos movemos), que es incomodo tener que recibir ayuda para un sencillo baño, que la vida, simplemente no es la misma.

Ramón Sampedro fue el primer ciudadano en España en pedir la eutanasia, con base en el argumento de que cada persona tiene el derecho de disponer de su propia vida, pero le fue negado por lo estipulado en el Código Penal español entonces vigente. En 1998 escribió Cartas desde el infierno, donde agrupó sus escritos hasta ese momento

Ramón Sampedro fue víctima no sólo de su propia suerte y quedar inmóvil del cuello para abajo después de ese accidente, sino también de los estatutos penales que no le permitían legalmente acabar con su existencia y de la insensibilidad de un sistema respaldado por ideas caducas y anacrónicas, cegadas por querer preservar la vida a toda costa, aun en condiciones ínfimas e indignas.

La intensa actividad judicial que desarrolló con ayuda de amigos para poder quitarse la vida dentro de un marco legal, nunca dio frutos. La incapacidad absoluta de sus movimientos lo hacían completamente dependiente de esas personas cercanas a él que vivieron su sufrimiento justo al lado de su cama.
Pero Sampedro estaba decidido.

El 12 de enero de 1998 Ramón Sampedro murió envenenado por cianuro de potasio. Varios amigos, entre ellos una mujer llamada Ramona Maneiro,  ayudaron a Ramón a acabar con 28 años de existencia indigna y forzada, quedando sus últimos momentos grabados en un video donde exime de culpa a todos los que pudieran ser acusados por ayudarle a morir y así, frente a una cámara de video, el español de 55 años bebe sin ayuda de nadie medio vaso de agua con cianuro de potasio. Su muerte fue casi instantánea.
La vida tiene un valor incalculable, y lejos de cualquier precepto radical de la iglesia, o cualquier argumento anacrónico de la política conservadora, la vida deja de ser vida cuando las condiciones físicas y medicas impiden disfrutarla, cuando la dignidad queda hecha pedazos y no se puede hacer nada para recuperara la condición que permita vivir sin necesidad de que alguien nos cambie los pañales sucios.

Argumentos mochos y egoístas condenaron a Ramón Sampedro, así como a Ramona Maneiro, quién después de haber sido detenida no fue juzgada por falta de pruebas. Argumentos que jamás pensaron en el sufrimiento de una persona condenada a “vivir” en una cama, pero que si se azotaron ante el fatídico desenlace. ¿Pero que no era más fatídico el hecho de ver a un hombre previamente muerto en vida?
Entender la decisión de Ramón Sampedro es muy sencillo: sólo basta ponerse en sus zapatos.ð

4 comentarios:

  1. Me agrada la perspectiva de ser empático con R.S.P. y ponerte en sus zapatos, coincido en que es la única forma de comprenderlo, a mi me costó muchísimo dar respuestas concretas.
    Espero mejorar ese punto.

    Muy Chido mi estimado Nash

    ResponderEliminar
  2. Ahí la llevamos mi Chava, ahí la llevamos!!!

    ResponderEliminar
  3. "Su muerte fue casi instantánea"

    Los cojones instantanea, estuvo más de 15 minutos de agonía. Eso es una animalada. No fué muy listo tampoco, pudiendose tomar una sobredosis de algún analgésico. Antes que morir reventado por dentro, mediante el cianuro.

    ResponderEliminar
  4. Yo creo que a Ramón Sampedro debieron darle la eutanasia en el momento en el que la pidió, por una única y sencilla razón: negársela fue inútil.

    Por mi parte, me da pena que el caso de este señor haya levantado tanta cultura y no tanto el caso de otras personas tetrapléjicas que han decidido seguir adelante y han logrado tener una vida que han aceptado como digna. Si no, ver por ahí a un tal Juan Carlos Carrión...

    Ramón Sampedro ya estaba muerto antes de que lo envenenaran. Mirad si no a miles de tetrapléjicos que logran seguir felizmente adelante. Ramón Sampedro NO estaba condenado a vivir sobre esa cama; él mismo rechazó a la silla de ruedas y a seguir viendo el mundo que le rodeaba y prefirió quedarse allí masticando su propia desgracia.

    ResponderEliminar