miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad.

Despierto y me siento incomodo. Por alguna razón no puedo girar y el colchón se ha hecho estrecho y rígido. Apenas lo siento, mis párpados se abren de a poco en toda esa negrura envolvente de mi habitación, pero no puedo hacer mucho, si con trabajos los estoy abriendo, y por momentos pienso en acomodarme de lado, pero los brazos me pesan, como si me hubiera fumado un porro de chronic.

Me siento extraño, me pesa respirar y me volteo pero algo lo impide; no es un cuerpo, es más una pared que no recordaba estaba de ese lado de la cama -la piernas también me pesan-. Algo anda mal, debí de haber bebido demasiado y seguramente por eso el mareo y la torpeza de golpearme contra la pared. Seguro me puse hasta la madre y me dormí vestido, es más, ya me sentí los zapatos.

¿A donde diablos fui? Tal vez fui una boda o a la cena de Navidad de la empresa. Ya me sentí la corbata pegada al cuello. Pero que madreado estoy, eso de ni siquiera encuerarme para meterme a la cama... Si que he de haber caído muerto para no quitarme al menos los zapatos y la corbata. Lo último que recuerdo fue... Si, claro, la pinche cena esa y los imbéciles de finanzas con su pose esnobista de yuppie noventero.

Me dan hueva, más si tengo que convivir de cajón con esos pendejos que sólo pueden sostener una conversación por dos minutos y hablan de el último Gadget que se compraron la quincena pasada y como sus visitas al club son los mejores pretextos para olvidarse de sus esposas con quienes se casaron hace un par de meses. Bah! Yo definitivamente no hablo un pepino, porque si abro la boca nada más digo pendejadas que sólo yo entiendo. Además esa bola de pseudo burgueses de oficina siempre me han mirado con desdén.

Me giro al otro lado, pero en seguida me topo con otra pared. Esto no está bien, no puede ser que le cuarto se haya achicado de esa manera. O estoy muy drogado, o me quedé dormido en... Ya me puse hasta la madre, voy a prender la luz y ver donde chingados me fui a meter porque definitivamente esta no es mi cama, ni mi cuarto.

Cojo fuerzas de no se donde, pero me levanto y no puedo ni enderezarme. Algo esta sobre mi y me rebota al pequeño cojín donde reposaba la cabeza. Entro en pánico, la adrenalina se dispara y comienzo a patalear pero las paredes que se han cerrado sobre mí son tan duras; sordas a mis golpes y patadas que me llevan a golpearme el rostro violentamente para despertarme, porque si, sin duda esto es un pinche sueño y ya se hizo pesadilla. Me sigo golpeando, me rasguño la cara como si entre más dolor más rápido despertaría de ese infierno.

Pero no. Lo único que logro es saborear la sangre que se mete a mi boca por las comisuras. Grito, me desgarro la garganta para que ella me escuche y me calme con algún "no mames wey, que pedo con tu sueño", pero no. Definitivamente ella no está aquí y mi grito se vuelve un alarido sordo ahogado en ese espacio de techo de tela suave y paredes agresivamente cercanas.

Sigo gritando, araño las telas del techo y siento la cubierta desnuda. Huele a madera, no se a cual en específico, pero sin duda es madera. El aire se va haciendo más denso, más espeso, más difícil de respirar y me desquicia al grado de seguir gritando pero ahora a bocanadas y a arañar la madera con frenesí incontrolable. Siento los espasmos desesperados cada vez que mis piernas empujan con las rodillas el techo de telas desgarradas.

Las uñas las tengo destrozadas, en algunos dedos puedo sentir la carne viva. Sudo, me arde la cara, las rodillas, los dedos. La opresión es cada vez mayor y mis movimientos escapatorios han conseguido aflojar mi prisión, casi separando el techo, pero un polvo ligero se cuela entre las uniones removidas y se mete en mis ojos y en mi boca, al grado de ahogarme.

Le vuelvo a gritar. Le grito su único nombre con la fuerza de una sirena de destructor nuclear, y espero a que me abra, a que me saque y nos vayamos a beber una cerveza para el susto. Pero sigue sin escucharme. Ya nada es claro. Mi cabeza se azota contra las paredes, y ahora el espasmo dura más tiempo. Patadas, azotones, rasguños a la madera y gritos brutales no hacen efecto. La corbata se me ha subido más y me está asfixiando.

Hace no más de un día estaba bebiendo y cenando en la cena de Navidad de mi compañía y planeaba comprarle a ella algún regalo; una película israelita o un par de botas nuevas. Hace no más de un día habíamos acordado poner árbol de Navidad y cenar en año nuevo en donde la moneda nos pusiera. Hace no más de un día, habíamos hecho el amor y me había pasado la noche lamiendo su sexo y besando sus pezones; mientras le acicalaba su largo cabello que le venía de lado.

Otro espasmo. Es involuntario y siento como los pulmones se colapsan. Quiero quitarme la ropa, deshacerme de esta corbata que me mata cada segundo. Todo lo pienso muy rápido, tanto como mis movimientos. El aire se va, lo respiro a bocanadas mezcladas con la tierra fresca de fines de diciembre. Escupo sangre, barro, trozos de algo duro que poco después supe eran pedazos de dientes despostillados cuando pase mi lengua para refrescarme las encías.

Siento nauseas, vomito de lado pero es casi imposible. Me ahogo y no se si sea en mi propia reflujo o por el aire. El estomago está a punto de reventar, mis pulmones me avientan sangre que distingo aterrorizado. Hace frío, mucho frío. Lentamente me voy desvaneciendo y a dormir de nuevo, ahora si es para siempre.

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